Un rato de charla · Dona Filó
Acércate, hijo. Filó. La madre de Tonho.
Me siento aquí en la puerta porque desde aquí veo el camino. Es por ahí que él sube de la playa cuando termina la marea.
Su padre un día bajó y no volvió a subir. Desde entonces no duermo antes de ver al muchacho en esa curva.
¿Te contó de la deuda? Te contó que es de remedios, y no te contó para quién.
Eran para mí. Pasé dos meses en cama el invierno pasado y él vendió lo que no tenía para ponerme de pie.
Yo le digo que no valía la pena. Él dice que sí. Discutimos por eso cada semana y ninguno de los dos cede.
Así que ahora la tierra es tuya y nosotros seguimos aquí. Así está bien.
Yo no sirvo para el sembrado, hijo, mírame. Pero mano para la harina sí tengo, y la mejor del pueblo.
Ponme en la casa de harina y vas a ver lo que es un buen almidón.
Mi marido decía que el río le cobra peaje a quien cruza con prisa.
El puente se cayó una noche de crecida, sin nadie encima. Yo creo que fue un aviso, y un aviso barato.
Mi hijo me leyó esa invitación dos veces, y las dos veces no me gustó.
Una fiesta que invita a todo el mundo y no dice el nombre de quien invita no es fiesta. Es una red tendida.
Yo soy vieja y ya vi redes tendidas. Tú eres joven, vas a ir igual. Eso sí, no vayas solo.
Ya me fijé en que pasas por aquí y aminoras el paso, aunque no digas nada.
Sigue haciéndolo, hijo. A los viejos les gusta que los vean. Es lo que más falta.
Mi nieto pasa corriendo, y es buen muchacho. Pero pasa corriendo.
Se llamaba Firmino. Ya nadie dice ese nombre en esta casa.
Tonho no lo dice porque cree que me hace daño, y yo no lo digo porque creo que le hace daño a él. Y así se van dieciséis años sin que nadie diga Firmino.
Así que te lo digo a ti, que no tienes nada que ver con esto: Firmino. Listo.
Ahora ya lo dije hoy, y por hoy ya está bien.